The number one

Creo que fue a causa de que mis amigas ya no me aguantaban un minuto más o porque veníamos hastiadas de tanta queja, que una de ellas me dijo “basta, escribí, contale al mundo tus experiencias, blogueate”

Así fue que entendí que lo sano ya no pasaba exclusivamente por compartir mis penurias amorosas con ellas, pese a una riquísima copa de vino mediante, sino en dar rienda suelta a la memoria de mis experiencias vividas -o con mayor precisión, padecidas- para obtener algo bueno a cambio: desahogo.

La pregunta necesaria: ¿por dónde empiezo? O mejor aún, ¿por quién?

El peor de todos; ése es el primero.

The number one.

Seguramente se piense que siempre los peores son los más galanes, buen mozo y adinerados que pueda a una presentársele, principalmente porque tienen con qué buscar un plan más interesante, y respecto de quienes es fácil convencerse que las mujeres se les ofrecen como caramelos. La amenaza latente de ser codiciado; por lo general, sólo por nosotras, pero no lo sabemos y ahí está la clave del engaño.

Pues no, éste no. Pesaba entonces 120 kilos, tenía halitosis y tetas más grandes que las mías, sin embargo, se las arregló bastante bien para ser, durante tres años, mi pareja.

Seguramente pensarán, debió ser un dulce de leche, galante, caballero, solvente. Tampoco. Si algo lo caracterizaba en cuerpo y alma era su incapacidad de amar. Ese tipo de gente que quiere poco, casi nada, pues ocupa su tiempo amándose a sí mismo. Tanto ego llevó a convencerme que él era lo que vendía, pura genialidad y sex appeal. Lo cierto es que no es difícil imaginar lo complicado que resultaron variadas posiciones sexuales con sus kilitos de más, así que también -confieso- nefasto en la cama.

Lo que perjudicaba aún más su performance fue que tenía el frenillo de la lengua muy corto. No es broma. Nota al pie, aconsejo a todas las lectoras que presten más atención a ese pequeño hilo cárneo que sostiene ese maravilloso órgano con el piso de la boca y permite que se estire con perfecta elasticidad. La consecuencia evidente: tampoco se lucía practicando sexo oral.

Así y todo, tres años. De martirio y sufrimiento porque lo único que quise de ese hombre era un simple “te amo”; cada vez que me decía “te quiero mucho” yo lo miraba y con acidez le contestaba “no soy tu hermana”.

La profecía cumplida, hizo lo imposible para que lo dejara, porque no me amaba. Así que, además, cobarde.

En fin, a esta altura no dudo que habrán llegado a la conclusión que no soy agraciada en atributos físicos. No. Ciertamente no. Mis problemas según mi psicoanalista pasan por la desvalorización. Parece que mi papá no me quiso mucho de chica, “tu papá es el que estaciona mal” me interpretó, una vez, cuando conté que había hecho torta el vidrio de atrás de mi auto nuevo por estar atenta a problemas del corazón.

La verdad es que no me caracterizo por la belleza física, no es que no la tenga, algo en mí seguramente hay que interesa al sexo opuesto, pero en verdad tiendo a un tipo de hermosura ordinaria, que pueda que se olvide rápidamente. Salvo que haya amor, cuando hay amor, cualquier rasgo puede ser enaltecido e idealizado. Eso, así, eso que llamamos amor “no me estaría pasando” como dice una amiga. O cupido se droga, o lo ofendí hace tiempo y no pudo perdonarme. Lo cierto es que desde el mismo momento en que tomé coraje para dejar al osito asexuado que tenía de acompañante comencé a transitar un camino árido y cada vez más oscuro en la búsqueda de lo que entonces deseaba, el amor de mi vida, y que ocho años más tarde actualizo como “cualquier cosa que pueda convertirse en sexo ocasional con mirada amable”. Con mirada amable. Sí, ni siquiera amor, amabilidad.  Es decir, que tiene la capacidad de ser amado, pero no lo es, puede serlo. Ya ni siquiera busco amor en acto, sino su potencialidad. Patético.

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