Galanazo

Cuando me fui de esa primera cita pensé, no me va a dar bola. Seguro que no me llama. Sin embargo, llamó. Ahhh salgo del mercado ya mismo pensé. Separado, con hijos y ganas de darme amor. Quería relación, fidelidad y bla bla bla. Pasó un mes, y pensé: me caso. Segundo mes: sí! quiero!. Noveno mes: Tengamos hijitos.

El problema fue lo que no contó.

No me dijo que no quería armar una familia. No me explicó que nada de hijos, porque él ya tenía, ni mucho menos que “conozcas los míos, porque ellos están bien así”. Así, fue sumando datos de color. “Ah, noo. Yo no quiero convivencia, para mí lo mejor es cada uno en su casa” y después resultó que tampoco tenía los fines de semana disponible; mucho menos, un fin de semana largo!! porque los hijos son siempre prioridad (en eso coincidía, aunque últimamente no tanto jaja)

Y así se fue desvaneciendo, el príncipe azul terminó morado. Hombre proveedor, que no me daba !! (sin tiempo, sin sexo). Hombre galante, que no me miraba!. Hombre padrazo, que no quería más hijos! Machote para nada, porque no me cerraba.

El problema: mis ganas, de no haber tenido la pareja el día domingo, el paseo de finde largo, el atardecer en la playa caminando de la mano.

La inquietud: mis post-forties que me indicaban que el reloj pasaba, y la pregunta se hacía certeza, hijos?. El freezer de óvulos me venía tranquilizando la neurosis, pero y si se me pasaban de frío? y si resultaba que no había nadie con quien batir un rato a esos congelados para que salgan del polo norte y conozcan un poco la vida?

Mi angustia: que él me gustaba. Así con todo. Con su forma de caminar, y sus besos lindos. Con todo eso que yo quería hace 10 años y no encontré. Pero “si sos profesional, mirá todo lo que conseguiste!!”..  “pero el título no me empuja el cajón, má! le contesté a mi vieja tantas veces que intentó consolarme.

Mi miedo: la soledad. Eso que cala, hondo, y se cuela el domingo a la tardecita, después de un día de mucha soledad y sobredosis de series. El libro no calma. La amiga por teléfono tampoco. El diván a veces, pero no dura. No vale una caricia, un piropo. No vale un abrazo, menos un amor.

Sin eso no se puede, má! le contesté a mi vieja cuando me dijo “un hijo es una familia hija!” pero yo quería amor. En realidad quería eso de la playa, el finde largo y el bla bla bla. La postal, digamos. Y, después, sí los hijos. Pero ya no tenía tiempo para todo eso. Imposible conocer un señor, que me quiera, que me lleve los fines de semana (después conocer a sus hijos, que seguramente tenía.. y que me quieran, aún más complejo). Que además, quiera tener más hijos (que pueda mantener) y encima, todo eso, todito eso, conmigo!  Era mucho. . el fairy tail era mucho para mí. En mis forties… Pero yo lo quería, desde hacía 20 años. “Pero nosotras no elegimos negra, sinceramente no pudimos” me dijo mi hermana cuando llorando por mi crisis vocacional le dije “elegí mal, tendría que haber optado por la familia”.

Y ahora, este señor. Divorciado, con hijos. Que no quiere nada. ..  casi casi que no me quiere a mí. No me lo dice así, porque.. “soy hermosa, inteligente, profesional, independiente, viajé por todo el mundo” pero no tiene tiempo. No quiere proyecto. No planifica nada, vive el día a día (porque todo eso ya lo hizo en su anterior relación, parece triste pero hubo días que me hubiera gustado ser su ex, solo para tener los hijitos y la pareja feliz de 20 años, qué importa que ahora ya no estén juntos, fueron felices.. o parece).

Tristemente Susanita, que quiere ser madre y tener hijitos. Me lo cuestioné mucho. Pero después de bucear un rato en mí, me dí cuenta que no es que quiero cumplir el mandato social, solo quiero amor, de ese profundo, del que te cala hondo, de ese beso con helado de chocolate de tu hijo, de ese llanto cuando tiene fiebre y dice “mammmá”, de ese dar cobijo, de ser refugio eterno de tus amores más importantes. Eso quiero. Eso no pude.

Y tal vez dejo al galán. Y vuelvo a esa búsqueda barata e interminable.. a eso que hago mejor: chonguear.. y sentirme triste y vacía después, y ser sola. No obstante, mi insistencia en evitarlo.

Seguramente llore mucho, y baje algunos kilos (eso sí va a sumar!). Y volver al ruedo, con esas amigas entrañables que me miran ya sin saber qué decir.

Tal vez cambie algo. Tal vez esta ocasión pueda mirarme al espejo y, pese a todo, decirme lo linda que soy.

Rough sex

Todo un galanazo, de un metro noventa y tres. Profesional, independiente, atractivo, soltero, sin hijos y disponible!!! Me encantaba. Inteligente, leía todo el tiempo, le gustaba el cine y me invitaba a cenar. Era perfecto. Teníamos una química que los vecinos envidiaban. Los dos meses que estuvimos fueron de gloria, aunque me parecía llamativo que le gustaba el sexo duro; a mí me había empezado a gustar ese jueguito de que me chirlee un poco, o me tome del pelo con fuerza. Todo llevaba a un mayor deseo y al sexo más intenso. Así fue hasta que un día se le fue la mano, y me dejó sus cinco uñas marcadas en mi nalga derecha. .. Más que rudo era dolido. Cuando le escribí contándole que tenía cinco cascaritas en lo que él siempre llamó “un culito hermoso” me respondió “y bueno ¿qué querés? ¿Que la próxima me ponga guantes?”. No mucho me llevó darme cuenta que este señor no estaba demasiado interesado en mí, ciertamente. Algo noté antes de esta anécdota, cuando le pregunté por qué sistemáticamente me dejaba marcas de sus besos en mi cuerpo y me contestó “¿y por qué no?”. Me sentí una vaca marcada a fuego. Mis cascaritas estuvieron en mi lindo culito por más de diez días. Él en mi cabeza por varios más.  

LITIO BOY

Ya una vez en la estación de subte y con mi cabeza llena de Liev Davídovich, advertí a mi lado un tipo (de unos 40 años) que me miró con decidida insistencia. No respondí con igual gesto pues quería volver a mi enredo literario pero él persistió y, levantando su apuesta, caminó hacia mí y deslizó un comentario trivial. La suerte no estuvo de su lado cuando le sonó su celular, el cual miró y atendió. Mientras tanto, el subte llegó, me subí y abrí mi libro. Me entregué a Padura hasta el arribo a mi estación cuando al bajarme escuché una voz: “flaca, flaca” (el tipo) “te puedo invitar un café? Por favor, me bajé en otra estación para preguntarte”. “Bueno, dale”, contesté. Lo que ocurrió después fue, sin duda, lo más turbado (sin intención chabacana) que me aconteció en los últimos meses. Ni bien nos sentamos, se presentó. Soy fulano, me dedico a tal cosa.. bla bla. No pasaron más de dos minutos de tener el café frente nuestro cuando agregó: “la verdad no sé el motivo por el cual te voy a contar esto, pero creo que es porque me inspirás confianza” (pensé, por favor no me lo cuentes). Continuó: “tengo un hijo de 17 años que vive en Mar del Plata. Y la verdad es que no lo veo seguido, en realidad casi nunca, la madre se lo llevó”. . se le llenaron los ojos de lágrimas, miró hacia abajo y se tapó la cara. Empezó a lagrimear!! A los segundos se secó un poco haciendo de cuenta que se recomponía de su mal momento y agregó: “no sé, perdón que te cuente todo esto pero tenés una luz especial”. Objeté: “bueno, bueno, si querés la apago en dos minutos” (ja ja ja). El comentario no fue comprendido y rápidamente concluí que: el humor no era una opción y apenas termine mi café, huiría. Pregunté, entonces: “¿Cuánto hace que tu hijo vive en Mar del Plata?”. “15 años”, deslizó sin pensar. Mi risa fue inmediata, irónica y ciertamente inexplicable (para él). ¿Tenés pareja? Inquirió. Pensé en contestarle: novio, marido y amante y están los tres esperándome en casa (ja ja ja), pero ya había sentido la aspereza de mi anterior humorada, así que preferí omitirla. Me remití, entonces, a -la por mí venerada- Karina Jelinek y enuncié: “lo dejo a tu criterio”. El tipo largó media sonrisa, mientras yo empezaba a agarrar mi cartera. Su rígido rictus me llevó a expresarle “un GUSTAZO haberte conocido, me tengo que ir, me están esperando” que no evitó su –por mí temido- comentario: “Necesito volver a verte” .. yo hubiese sugerido una elevada ingesta de LITIO, pero descarté tal consejo en función de lo vivido hasta el momento. Su porfía en un próximo encuentro me llevó a recordar mi “máxima” para situaciones extremas (nunca falla): pensá y salís. “Bueno.. dale!!” contesté: “te paso mi teléfono”, escribí cualquier número y me fui, con la certeza de ser una reventada más en su compleja existencia.

The number one

Creo que fue a causa de que mis amigas ya no me aguantaban un minuto más o porque veníamos hastiadas de tanta queja, que una de ellas me dijo “basta, escribí, contale al mundo tus experiencias, blogueate”

Así fue que entendí que lo sano ya no pasaba exclusivamente por compartir mis penurias amorosas con ellas, pese a una riquísima copa de vino mediante, sino en dar rienda suelta a la memoria de mis experiencias vividas -o con mayor precisión, padecidas- para obtener algo bueno a cambio: desahogo.

La pregunta necesaria: ¿por dónde empiezo? O mejor aún, ¿por quién?

El peor de todos; ése es el primero.

The number one.

Seguramente se piense que siempre los peores son los más galanes, buen mozo y adinerados que pueda a una presentársele, principalmente porque tienen con qué buscar un plan más interesante, y respecto de quienes es fácil convencerse que las mujeres se les ofrecen como caramelos. La amenaza latente de ser codiciado; por lo general, sólo por nosotras, pero no lo sabemos y ahí está la clave del engaño.

Pues no, éste no. Pesaba entonces 120 kilos, tenía halitosis y tetas más grandes que las mías, sin embargo, se las arregló bastante bien para ser, durante tres años, mi pareja.

Seguramente pensarán, debió ser un dulce de leche, galante, caballero, solvente. Tampoco. Si algo lo caracterizaba en cuerpo y alma era su incapacidad de amar. Ese tipo de gente que quiere poco, casi nada, pues ocupa su tiempo amándose a sí mismo. Tanto ego llevó a convencerme que él era lo que vendía, pura genialidad y sex appeal. Lo cierto es que no es difícil imaginar lo complicado que resultaron variadas posiciones sexuales con sus kilitos de más, así que también -confieso- nefasto en la cama.

Lo que perjudicaba aún más su performance fue que tenía el frenillo de la lengua muy corto. No es broma. Nota al pie, aconsejo a todas las lectoras que presten más atención a ese pequeño hilo cárneo que sostiene ese maravilloso órgano con el piso de la boca y permite que se estire con perfecta elasticidad. La consecuencia evidente: tampoco se lucía practicando sexo oral.

Así y todo, tres años. De martirio y sufrimiento porque lo único que quise de ese hombre era un simple “te amo”; cada vez que me decía “te quiero mucho” yo lo miraba y con acidez le contestaba “no soy tu hermana”.

La profecía cumplida, hizo lo imposible para que lo dejara, porque no me amaba. Así que, además, cobarde.

En fin, a esta altura no dudo que habrán llegado a la conclusión que no soy agraciada en atributos físicos. No. Ciertamente no. Mis problemas según mi psicoanalista pasan por la desvalorización. Parece que mi papá no me quiso mucho de chica, “tu papá es el que estaciona mal” me interpretó, una vez, cuando conté que había hecho torta el vidrio de atrás de mi auto nuevo por estar atenta a problemas del corazón.

La verdad es que no me caracterizo por la belleza física, no es que no la tenga, algo en mí seguramente hay que interesa al sexo opuesto, pero en verdad tiendo a un tipo de hermosura ordinaria, que pueda que se olvide rápidamente. Salvo que haya amor, cuando hay amor, cualquier rasgo puede ser enaltecido e idealizado. Eso, así, eso que llamamos amor “no me estaría pasando” como dice una amiga. O cupido se droga, o lo ofendí hace tiempo y no pudo perdonarme. Lo cierto es que desde el mismo momento en que tomé coraje para dejar al osito asexuado que tenía de acompañante comencé a transitar un camino árido y cada vez más oscuro en la búsqueda de lo que entonces deseaba, el amor de mi vida, y que ocho años más tarde actualizo como “cualquier cosa que pueda convertirse en sexo ocasional con mirada amable”. Con mirada amable. Sí, ni siquiera amor, amabilidad.  Es decir, que tiene la capacidad de ser amado, pero no lo es, puede serlo. Ya ni siquiera busco amor en acto, sino su potencialidad. Patético.